El reflejo de Semmelweis, un prejuicio ancestral

¿Conoces a alguien que se niega a creer algo si va en contra de sus creencias o de lo socialmente establecido? Este es un sesgo cognitivo muy común que define a las mentes más inflexibles y que ha tenido graves consecuencias a lo largo de la historia.

Última actualización: 19 de enero de 2023

Los avances científicos han tenido que luchar durante siglos contra el fuego y la ignorancia. Podríamos hablar, por ejemplo, de Giordano Bruno. Este fraile dominico fue un brillante astrónomo que se atrevió a defender el modelo copernicano. Corría en el siglo XVI y no dudó en afirmar que el Sol era un astro alrededor del cual giraban otros planetas, como la Tierra.

Afirmó que debe haber millones de otros mundos en el universo y que en toda esa inmensidad habría más formas de vida. Aquellas ideas fueron consideradas una tremenda herejía y aquel astrónomo romano acabó siendo quemado en la hoguera. El mismo objetivo perseguía el científico Miguel Servet, tras defender su teoría sobre la circulación pulmonar.

Nuestra historia está escrita por innumerables grandes descubrimientos que fueron ignorados e incluso castigados con la muerte. Esta tendencia a rechazar nuevas perspectivas porque contradicen creencias ya establecidas define lo que conocemos como el reflejo de Semmelweis. Es una realidad psicológica que ni el tiempo ni la modernidad han podido desactivar de nuestra mente.

El reflejo de Semmelweis es una falacia de razonamiento de la que a menudo no somos conscientes.

A casi nadie le gusta leer o que le expliquen nuevos enfoques que vayan en contra de sus propias creencias.

¡Cuidado con el reflejo de Semmelweis!

La reflexión de Semmelweis tiene su origen en otra figura trágica de la historia de la ciencia. Ignaz Semmelweis fue un médico húngaro que en 1847 descubrió algo decisivo. El lavado de manos con solución de cloro redujo significativamente las tasas de mortalidad por fiebre puerperal. Algo tan simple evitó que tanto las embarazadas como los recién nacidos murieran.

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Hoy conocemos al Dr. Semmelweis como el salvador de las madres, pero en su día fue condenado al ostracismo. Fue tildado de charlatán y ridiculizado. Sus compañeros se lo tomaron muy mal que los vieran como responsables de la muerte de tantas mujeres y sus hijos. ¿Cómo aceptar que algo como no lavarse las manos fuera la causa de una mortalidad tan alta en los hospitales?

El desenlace de esta historia llegó a un drama abismal. Ese médico fue despedido, lo llevó a la depresión y al alcoholismo. El desprecio de la propia comunidad médica le llevó a acabar en un hospital psiquiátricomuriendo dos semanas después del ingreso a la edad de 47 años. Nadie lo creía y su historia de vida ahora traza lo que conocemos como un reflejo de Semmelweis.

Una falacia de razonamiento que impide el progreso

El reflejo de Semmelweis define el rechazo casi instintivo que sentimos las personas cuando nos exponemos a información que contradice nuestras creencias. Además, el hecho de leer o que nos expliquen nuevos paradigmas que ponen en jaque los esquemas científicos que hoy consideramos válidos, hace que lo primero que sintamos sea desagrado.

Una investigación realizada por la Vipin K. Gupta, por ejemplo, destaca que Estamos ante un prejuicio ancestral, una falacia de razonamiento arraigada desde hace mucho tiempo en la mente humana. Todos preferimos adherirnos a las creencias y teorías existentes y no nos gustan las nuevas corrientes o ideas que contradicen lo que siempre hemos dado por hecho.

Ahora bien, si repasamos nuestro pasado, descubriremos que todo avance científico ha tenido que luchar contra el escepticismo. Sucedió a Albert Einstein con su teoría de la relatividad e incluso a Steve Jobs cuando creó Apple. Sus ideas y sus avances fueron objeto de críticas y numerosas dudas. Hoy nadie cuestiona esas ideas revolucionarias.

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Un fenómeno psicológico propio de mentes inflexibles

Muchos pensarán que el reflejo de Semmelweis tiene su razón de ser y su finalidad. Al fin y al cabo, no podemos aceptar como válida toda nueva tendencia que contradiga aquellas teorías que hoy sustentan ciertas áreas de nuestra realidad. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si alguien descubriera el mecanismo para viajar en el tiempo? ¿Y si se formulara un fármaco que retrasara el envejecimiento?

Ser escéptico es una reacción normal y deseable ante información nueva y contradictoria.. Todos debemos desarrollar un pensamiento flexible, abierto y crítico a través del cual podamos analizar, comparar y crear una opinión sobre los datos que recibimos.

Sin embargo, el problema con el reflejo de Semmelweis es que en lugar de permitirnos analizar un nuevo paradigma, lo rechazamos de plano. Es un fenómeno psicológico que ignora, bloquea y castiga cualquier nueva corriente que atente contra las creencias arraigadas en un enfoque mental.

Ignaz Semmelweis no pudo convencer a los médicos de que se higienizaran las manos después de las autopsias y antes de atender a las parturientas. Fue Pasteur quien finalmente inculcó a la comunidad científica la necesidad de realizar tareas básicas de higiene y desinfección para prevenir enfermedades.

El reflejo de Semmelweis es desactivado por una mente curiosa, abierta y flexible

¿Cómo podemos protegernos de este reflejo?

Hay un aspecto que muchos investigadores lamentan. Gran parte de los estudios científicos son rechazados y no publicados porque lo que proponen va en contra de determinadas ideologías, creencias e incluso intereses. El reflejo de Semmelweis puede estar impidiendo que muchas ideas innovadoras mejoren nuestra calidad de vida y promuevan el progreso.

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Esta tendencia humana tan inherente ahora está cuajada de intereses económicos e incluso políticos. Sería interesante para cada uno de nosotros evitar reforzar este sesgo, esta falacia de razonamiento. ¿Cómo? Ser consciente de este prejuicio. Es necesario que tratemos de tener un enfoque mental más abierto, curioso, flexible y también crítico.

Evitemos ser muros ante nuevas corrientes de conocimiento. Tratemos de ser ventanas capaces de analizar primero lo que nos llega sin rechazarlo solo porque nos contradice. Si primero toleramos esa frustración y la cuidamos con curiosidad, podríamos enriquecernos a todos los niveles, personal e intelectualmente. Y esto tiene un precio innegable.

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