el eterno debate entre ciencia y religión

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En la película «El Milagro» se nos muestra un fenómeno que fue real. Las «mujeres en ayunas» eran niñas de la época victoriana que ganaron fama y notoriedad por pasar (supuestamente) meses, e incluso años, sin comer. ¿Qué había detrás de este hecho?

Última actualización: 03 de diciembre de 2022

Cualquiera que crea que la película de Netflix The Prodigy tiene el único objetivo de simplemente contarnos una historia que tuvo lugar en 1862 está equivocado. Hay historias, mensajes y conceptos que son cíclicos, que se repiten y que están incrustados en la esencia de nuestra humanidad. Nos referimos a ese eterno enfrentamiento entre el fanatismo y la ciencia, entre la fe y la razón.

Esta producción dirigida por Sebastián Lelio y protagonizada por una eficaz Florence Pugh nocuenta la historia de la enfermera Lib Wright, cuya misión es ir a un pequeño pueblo de Irlanda a observar a una niña que, supuestamente, lleva cuatro meses sin comer. A pesar de este ayuno permanente, el preadolescente parece gozar de buena salud.

El prodigio está basada en la novela de la escritora Emma Donoghue (The Wonder, 2016). Así, si bien es cierto que ni la historia ni los personajes de Lib Wright y Anna O’Donnell existieron realmente, el fenómeno de las niñas “que se quedan sin comer” fue un hecho auténtico y está bien documentado.

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Esta película nos trae una historia, una metáfora de ferviente actualidad en la que se imprime un importante mensaje. Vivimos en un mundo en el que, a veces, la verdad no es relevante ni se tiene en cuenta. Importa lo que cada uno quiera creer, aunque esto lleve a la conspiración, el fanatismo y la mentira.

En el siglo XIX fueron muchas las jóvenes que, empujadas por la clausura de su fe, supuestamente dejaron de comer hasta el punto de ser vistas por la sociedad como criaturas divinas.

Anna O’Donnell es una niña que, atrapada en el fanatismo de la religión y el peso del trauma, deja de comer.

El prodigio y la historia de las mujeres en ayunas

El prodigio comienza como una invitación. Se guía al espectador desde nuestro presente a un escenario pasado, indicando que “sin historias, no somos nada”. Esa pequeña pincelada es clave para captar la esencia de esta producción que, como hemos señalado, no solo busca traernos una experiencia única que tuvo lugar en la Irlanda del siglo XIX.

Cada historia pretende invitarnos a la reflexión, y por eso es necesario ver esta película desde una perspectiva más amplia, sensible y crítica. Para ello, es necesario caminar de la mano de la enfermera Lib Wright, quien junto a una monja, tienen la responsabilidad de entender cómo una niña se las arregla para sobrevivir sin comer.

También es importante resaltar el escenario psicosocial que envuelve a la joven Anna O’Donnell. Tanto la familia, los vecinos del pueblo, la iglesia y hasta los mismos médicos ven este fenómeno con admiración y devoción. La niña es santa, la niña se alimenta del maná del cielo y no hay otra explicación que divina. En medio de esta situación, la enfermera Wright es testigo del lento pero inevitable declive físico de la pequeña.

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La historia de las niñas que no querían comer

Existían las chicas en ayunas y fue en este contexto en el que algunas chicas se negaban a comer cuando apareció por primera vez el término anorexia.. Fue entre 1810 y 1870 cuando surgieron nombres como Ann Moore y Sarah Jacob. Niñas que, impulsadas por el fanatismo religioso, decían que no necesitaban alimentos porque habían sido escogidas por Dios.

Estas chicas se hicieron bastante famosas, al punto que era común visitarlas y dejarles regalos (a veces grandes donaciones económicas). Era obvio que las familias eran alimentadas cuando no había testigos alrededor. Sin embargo, hubo casos realmente dramáticos. La pequeña Sarah Jacob acabó muriendo de hambre mientras una enfermera la vigilaba y estudiaba su caso.

Los últimos casos se describen a finales del siglo XIX, cuando la perspectiva científica comienza a prevalecer sobre la religión y la fe. Aunque en ciertas regiones del Reino Unido más rural, las mujeres en ayunas continuaron atrayendo acólitos y devotos ciegos que reafirmaban su verdad. Aquel en el que dar verdad a niñas santas capaces de pasar años sin comer gracias al poder de lo divino. Al «maná».

El prodigio es una historia sobre un trauma oculto y el uso de la religión y el fanatismo para purgar un supuesto pecado.

La religión actúa a veces como herramienta de tormento y castigo por los supuestos pecados cometidos por cada uno, aunque sea sólo un niño.

El fraude, el fanatismo y la fragilidad de la verdad

No queremos desvelar los interesantes entresijos finales con los que culmina la película de El prodigio. Ahora, podemos señalar que esta producción nos habla de un trauma psicológico y de cómo la religión actúa como castigo para purgar lo que se entiende como pecado. La enfermera Lib Wright se convierte en esa figura encargada de desafiar los dogmas, de sacar a la luz la sinrazón.

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Sin embargo, cuando el protagonista finalmente trae la verdad, nadie quiere escucharla. Porque pesa más la historia de la fe, porque reina el fanatismo y nadie quiere romper ese tejido de lo mágico y lo milagroso que se instauró en estos lugares durante años. También en esas mentes que tachan de herejes a los que defienden la ciencia, atrincherándose en su dogma al punto de dejar morir a una niña inocente.

En aquella Irlanda del siglo XIX no existían las redes sociales como hoy, pero la desinformación también se propagó como un virus, como el manto de niebla que lo oscurece todo a través de argumentos absurdos y conspirativos.

La verdad, sin importar el tiempo o la circunstancia, suele ser eternamente violada y puesta en entredicho bajo las más variadas hogueras. Unas veces por religión, otras por sutiles intereses y casi siempre por desconocimiento.

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Gracias por leer ojodesabio.com. ¡Hasta pronto!

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